Me presento, me llamo Pamela tengo 33 años y soy mamá de un niño con discapacidad, Roberto es su papá y vivimos los tres juntos y felices. Vicente tiene un año y 7 meses, sufre de una microcefalia secundaria, hipotonismo, hipoacusia y una traquebroncomalasia que lo ha tenido grave muchas... demasiadas veces. Sin embargo, él ha salido adelante vistorioso.
La vida antes que naciera Vicente era normal y tranquila, con los típicos problemas que tiene cualquier ser humano en algún momento de su vida, y que, por supuesto nos tienen muchas veces al borde de la locura, del stress. Después que nació, cuando empezaron sus problemas, después de verlo luchar por su vida con una valentía sin medida, cualquier problema parece insignificante.
Vicente nació sano, con buen peso, buena estatura... Lo único raro en él fue que no quizo tomar pecho... No le gustaba comer. Durante los primeros tres meses fue una lucha constante su alimentación, esto era por algo, su lucha por sobrevivir, tristemente descubrimos a sus 9meses. A los 10 días empezó a roncar, al principio era cómico. Luego fue preocupante, el pediatra nos daba una y otra razón por la que roncaba, hasta que a los dos meses le dió una interconsulta con un otorrino. Con una simple radiografía se descubrió que tenia una laringomalasia leve. Esto no tiene tratamiento y sólo había que esperar que Vicente creciera. Seguiamos la pelea con él por su alimentación, con gotario, con jeringa, con mamaderas especiales... nada, simplemente no quería. LLegó el 2 de enero del 2009, Vicente tenía 3 meses y 10 días, ese día empezó la pesadilla. Era viernes en la noche, Vicente había transpirado mucho ese día, no me llamó mayormente la atención por que hacía calor. Luego de acostarlo durmió una hora tranquilamente, luego empezó lo extraño. Seguía durmiendo pero se notaba ahogado, le faltaba el aire, respiraba y parecía que le faltaba llenar sus pulmoncitos. Le tomamos la temperatura y tenía 41º... Partimos al hospital y en cosa de segundos me lo quitaron de los brazos, la enfermera lo llevó a la sala de urgencia, le gritó al doctor que venía cianótico, me echaron de la sala, cerraron la puerta y empezaron las carreras... iban y venían enfermeras y paramédicos, con insumos y oxigeno... En realidad no sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que me abracé a Roberto y lloré, de miedo, de impotencia... No sé, las personas que han pasado por esto saben la cantidad de sensaciones que lo inundan a uno en una situación así. Cuando salió el doctor me dijo que ya estaba estable, pero grave... qué de haber llegado una hora más tarde hubiera llegado muerto. Esas palabras, dentro de las muchas que escuché durante los meses siguientes, dejaron una cicatriz enorme en mi corazón. Vicente esa noche quedó en sala restringida, conectado a oxígeno, con suero, en una cama gigante. Mi pequeño de apenas 4,200 kilos y 53 cm yacía ahí... su primera noche alejado de nosotros.
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